Matías Lencina Moya es Licenciado en Ciencias Políticas y Máster en Relaciones Internacionales. Actualmente se desempeña como analista en ciberseguridad, con experiencia en entornos gubernamentales internacionales e infraestructuras críticas. Ha complementado su formación con diversos cursos en ciberinteligencia, desarrollando un enfoque estratégico y multidisciplinar en el análisis de riesgos y amenazas en el ciberespacio. 


Un artículo publicado por Asiem El Difraoui en El Grand Continent «El Yihadismo político desde Siria hasta el Sahel: Geopolítica de una conquista», plantea un escenario clave: el éxito político del HTS en Siria —ahora bajo el liderazgo de Ahmad Al-Sharaa— está provocando un «efecto señal» para otras organizaciones yihadistas globales, especialmente en regiones inestables como el Sahel. Este giro estratégico, de la insurgencia violenta hacia formas de legitimación política, refleja una tendencia creciente: el «yihadismo político».

En este articulo analizare nuevos matices y similitudes con casos parecidos y como podría llegar a desarrollarse su evolución.

De terroristas buscados a actores políticos

HTS, inicialmente una escisión de Al Qaeda en Siria, ha pasado de ser una organización insurgente por consolidar el control territorial en Idlib con estructuras administrativas, tribunales, servicios sanitarios y hasta una política exterior informal. El reconocimiento tácito de líderes como Al-Sharaa por figuras como Emmanuel Macron o Recep Tayyip Erdoğan no es menor: sugiere que estamos ante un posible nuevo paradigma del yihadismo post-violencia.

“La toma del poder por parte de Al-Sharaa ha tenido un efecto señal para otros grupos yihadistas. La posibilidad de obtener legitimidad política tras años de lucha cambia las reglas del juego”. — Asiem el Difraoui

¿Un modelo similar al del IRA y ETA?

Existen paralelismos históricos. El Provisional IRA en Irlanda del Norte y ETA en el País Vasco fueron, durante décadas, organizaciones armadas nacionalistas que combinaban la violencia con una presencia política indirecta. Con el tiempo, ambas abandonaron las armas —parcial o totalmente— en favor de una estrategia institucional: Sinn Féin en el caso irlandés; la izquierda abertzale, en el caso español.

En ambos casos, el camino hacia la normalización implicó:

  • Fracturas internas entre pragmáticos y radicales.
  • Cansancio de la población civil con la violencia.
  • Apertura política para acoger a exmilitantes.
  • Incentivos internacionales (UE, EEUU) para desescalar el conflicto.

¿Es posible algo similar con el yihadismo político actual?

¿Qué dice el Sahel?

En la región del Sahel, donde actúan grupos como Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), se observa una dinámica interesante. Este grupo —afiliado a Al Qaeda— ha mostrado voluntad de formar coaliciones políticas locales y establecer protoestructuras de gobernanza, especialmente en Mali y Burkina Faso. El ejemplo sirio no ha pasado desapercibido.

Pero el Sahel también alberga a actores como el Estado Islámico del Gran Sáhara (ISGS), que siguen fieles al caos total, como se describe en el manifiesto yihadista “Gestión de la barbarie”. Su rechazo a cualquier forma de moderación recuerda a las facciones escindidas del IRA o los sectores más irreductibles de ETA en sus últimas etapas.

¿Una salida política al yihadismo?

Un posible “modelo de transición” —al estilo Sinn Féin o la izquierda abertzale— requiere varios elementos aún ausentes en la mayoría de los contextos yihadistas:

Si HTS en Siria consolida su modelo, y si la comunidad internacional opta por una diplomacia pragmática, podríamos ver replicado este “yihadismo político institucionalizado” en otras regiones.

¿El futuro del yihadismo es político?

Ni el yihadismo ni el islamismo son bloques monolíticos o inmutables. Así como el IRA se transformó en Sinn Féin y ETA renunció a las armas, algunos grupos yihadistas podrían estar iniciando un camino, todavía incierto, hacia formas de legitimidad política. La historia reciente muestra que, con incentivos adecuados, incluso los actores más radicales pueden reconvertirse.

El desafío para las democracias liberales, las instituciones multilaterales y los organismos de seguridad será distinguir entre moderación táctica y transformación real. Y, sobre todo, no repetir errores pasados de aislamiento total o intervencionismo indiscriminado.

El caso sirio, con todas sus contradicciones, se convierte así en una pieza clave para entender el futuro del extremismo global.

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