Roberto Pozas Lázaro. Graduado en Derecho y Ciencias Políticas y de la Administración Pública, con un Máster Universitario y Profesional en Análisis Internacional y Geopolítica, especializado en Diplomacia Multilateral y Estudios sobre Estados Unidos, y actualmente cursando un segundo máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia. Cuenta con una sólida formación multidisciplinar en política internacional, seguridad global y prospectiva estratégica, así como con experiencia en investigación y elaboración de informes sobre riesgos, escenarios geopolíticos y dinámicas de gobernanza internacional.
Resumen/Abstract
La crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania en 2022 transformó profundamente la arquitectura de seguridad europea, evidenciando la vulnerabilidad estructural de la Unión Europea frente a la dependencia de proveedores externos. En este contexto, Azerbaiyán y Turquía emergen como socios estratégicos en la reconfiguración del mapa energético del continente, al ofrecer rutas y recursos alternativos que fortalecen la resiliencia y autonomía estratégica de la UE. El presente proyecto analiza la interdependencia triangular entre Bruselas, Bakú y Ankara desde una perspectiva geopolítica, energética y prospectiva, evaluando los riesgos y oportunidades que plantea esta nueva relación. Asimismo examina las implicaciones del eje Turquía-Azerbaiyán para la política de seguridad y defensa europea, así como su papel en la transición hacia la descarbonización y la autonomía estratégica. Finalmente, se desarrollan tres escenarios prospectivos, que exploran las posibles trayectorias futuras del sistema energético euroasiático y su impacto en la estabilidad del orden europeo entre 2030 y 2050.
The Russian invasion of Ukraine in 2022 profoundly reshaped Europe’s energy geopolitics, exposing the structural fragility of the European Union and its dependence on external energy suppliers. In this context of crisis and reconfiguration, the Turkey–Azerbaijan axis emerges as a key vector for Europe’s energy security, providing alternative routes and capacities that enhance diversification and strategic resilience. This study examines the evolution of the axis within the EU’s pursuit of strategic autonomy, assessing its implications for security, defense, and the energy transition. Based on the identification of certain and uncertain factors, three prospective scenarios are developed to illustrate potential trajectories of the Eurasian energy system and their impact on Europe’s stability and sustainability toward 2030–2050.
Palabras Clave
Seguridad energética. Unión Europea. Azerbaiyán. Turquía. Autonomía estratégica. Transición ecológica. Geopolítica del Cáucaso. Diversificación energética. Escenarios prospectivos. Política de defensa europea. Oleoducto. Gasoducto. REPowerEU.
Introducción
La energía y su mercado ya eran un pilar esencial de la seguridad internacional y nacional desde hace décadas, pero desde la invasión rusa a Ucrania del 2022 este paradigma se ha vuelto más evidente que nunca. En este sentido, la Unión Europea ha visto enfatizada esta realidad cuando, desde su posición dependiente de mercados externos, Rusia, su principal suministradora de gas y petroleo, cortó el suministro en un contexto de sanciones, conflicto y fluctuaciones económicas. La crisis energética que puso en un serio aprieto a los Estados miembros de la Unión tras el bloqueo ruso, puso de manifiesto la necesidad de Bruselas de diversificar mercados así como de fuentes de energía.
Es en este escenario cuando Azerbaiyán y por consiguiente Turquía, emergen como socios clave para el bloque europeo. Por un lado Ankara, por su situación geoestratégica entre Europa, Oriente y el Cáucaso, por otro, Azerbaiyán, por sus incontestables yacimientos energéticos. La red de infraestructuras que evitan Rusia, como por ejemplo el Gaseoducto que va desde el Caspio hacia los mercados europeos amplifica y refuerza esta idea. La relevancia pues de estos Estados y de sus mercados no solo tiene implicaciones que se limitan a las energéticas, sino que impactan en la soberanía de los EE.MM y por consiguiente, en el proyecto de Autonomía Estratégica Europea.
La diversificación de proveedores, mercados y rutas es esencial en lo que concierne al fortalecimiento de la resiliencia europea frente a irrupciones foráneas y presiones geopolíticas de primer orden. Esto justifica la relevancia de Azerbaiyán y Turquía como socios, fomentando la capacidad de la UE de proyección de poder en cierto sentido, y de asegurar el correcto funcionamiento de los servicios críticos y esenciales en un entorno internacional cada ves más volátil, ambiguo, complejo e impredecible.
El presente artículo tiene por objeto analizar el papel de las dos potencias túrquicas en la seguridad europea, los riesgos y oportunidades asociados, y sus implicaciones para la política de seguridad, defensa y autonomía estratégica de Bruselas. También, ofrecer una visión integral y prospectiva de la situación y de la evaluación de cómo los recursos y las relaciones geoestratégicas con y del Cáucaso son indispensables para la resiliencia europea.
Marco geopolítico y energético
La Unión Europea como actor dependiente
La situación energética de la Unión Europea se caracteriza por una profunda y estructural dependencia de fuentes externas, que se traduce en una vulnerabilidad significativa tanto en el plano geopolítico como en el económico. En términos cuantitativos, la UE es un importador neto de energía, ya que en 2020 solo el 42% del total de la energía consumida se produjo internamente, situando la dependencia energética en torno al 58%. El coste de las importaciones energéticas ascendió a unos 400.000 millones de euros, una cifra que refleja la magnitud del problema. En cuanto a las fuentes, la dependencia del petroleo y sus derivados alcanza el 97%, la del gas natural oscila entre el 83% y el 90%, y la del carbón ronda el 70%.
Hasta la invasión rusa de Ucrania en 2022, Rusia era el principal proveedor energético de la Unión, lo que otorgaba al Kremlin una capacidad de presión geoestratégica considerable. La concentración de fuentes de suministro generó una exposición crítica, ya que Estados miembros como Alemania o los del Centro y Este de Europa dependían casi en exclusividad del gas ruso. En 2020, seis Estados miembros recibían gas de un solo proveedor, y en países como Chequia, Letonia o Bulgaria y Rumanía, la dependencia era del 100%. En total, diez Estados miembros obtenían de Rusia más de la mitad de sus suministro energético.
Las sanciones europeas impuestas a Moscú y la posterior respuesta rusa, con el corte del suministro, desencadenaron una crisis energética de una envergadura mayor que la de la crisis de los precios del petroleo de finales del siglo pasado. Este escenario forzó el inicio de un proceso de desacoplamiento energético a través del programa REPowerEU, cuyo objetivo es reducir la dependencia de los combustibles fósiles rusos, diversificando las fuentes y socios de abastecimiento.
La influencia comunitaria de la Ostpolitik alemana, basada en la premisa idealista de que el comercio energético con Rusia garantizaría la estabilidad política y diplomática en el continente, y su operacionalización en los gasoductos Nord Stream 1 y 2. Sin embargo, el panorama actual demostró la fragilidad de la Ostpolitik cuando Moscú instrumentalizó la energía como herramienta de coerción política. Para el Kremlin, y el resto del globo, los recursos energéticos no son únicamente una fuente de ingresos, sino un instrumento de poder.
El programa REPowerEU busca armonizar la seguridad de abastecimiento con los compromisos climáticos del Pacto Verde. Se articula en tres ejes fundamentales, la reducción del consumo y mejora de la eficiencia energética, la diversificación de suministros y el impulso de las energías renovables. En este contexto, los países del Cáucaso y Asia Central, se han convertido en socios estratégicos para la nueva arquitectura de seguridad energética europea.
No obstante, esta nueva orientación enfrenta una paradoja estructural conocida como la paradoja del gas. La Unión Europea necesita garantizar un suministro estable de gas en el corto y medio plazo para mantener su tejido industrial y económico, mientras avanza hacia un proceso de descarbonización profunda, que prevé la neutralidad climática en 2050 y una reducción del 90% de las emisiones para 2040. Tras la invasión de Ucrania, la UE solicitó a Bakú que duplicara las exportaciones de gas para 2027, pero la firma de contratos energéticos a largo plazo, muy necesarios para el Gobierno azerí, resulta muy complejo desde el punto de vista jurídico y político, dada la normativa comunitaria que limita el apoyo necesario para esta infraestructura. Este “Muro Verde”, constituido por las normas que impiden el uso del presupuesto de la UE o del Banco Europeo de Inversiones (BEI), para financiar infraestructuras de gas y petróleo, impide que la UE invierta directamente tanto en la ampliación de la infraestructura de transporte de gas y petroleo, como para financiar los contratos de larga duración sobre estas materias. A ello se suma que la gobernanza de régimen azerí es cuestionada por varios EE.MM, ya que es considerado como autocrático, existiendo informes de corrupción sistémica en el sector energético, como lo demuestran las investigaciones de Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP).
La Comisión Europea (CE) desempeña un papel central en la definición de la estrategia energética y climática de la Unión, liderando el giro hacia la descarbonización y la seguridad del suministro. Desde la Estrategia Europea de Seguridad Energética de 2014, seguida por la Unión de la Energía en 2015 y el Pacto Verde Europeo en 2019, la CE ha establecido un marco integral para reducir la dependencia de las fuentes fósiles externas. Tras la invasión rusa, la Comisión lanzó la Plataforma Energética de la UE (PEUE), para coordinar las infraestructuras, agrupar la demanda y negociar con socios internacionales la compra conjunta de gas natural, GNL e hidrógeno. Asimismo, formalizó acuerdos clave para la diversificación, como el Memorando de Entendimiento firmado con Azerbaiyán en el 2022, destinado a ese objetivo de duplicar las exportaciones.
En paralelo, la Comunidad de la Energía, creada por la UE y varios Estados no comunitarios, busca extender el mercado energético a su vecindad oriental, promoviendo un mercado integrado de gas y electricidad. Esta comunidad también colabora en la PEUE, reforzando la cooperación regional y ampliando el alcance de la estrategia de diversificación.
La Estrategia de Seguridad Energética y el REPowerEU, marcan dos hitos fundamentales que simbolizan el grupo de la política energética europea hacia la diversificación y la reducción de la dependencia. Sin embargo este proceso ha puesto de relieve una tensión estructural entre la seguridad energética inmediata y los compromisos climáticos. La urgencia de garantizar el suministro ha llevado a la reactivación de las plantas de carbón y a la ampliación de infraestructuras de gas, mientras que la CE ha incluido a la energía nuclear, entre otras, en su taxonomía de inversiones sostenibles. Esta dualidad genera el riesgo de inversiones varadas o stranded investments, es decir, activos fósiles que podrían perder su valor económicos a medida que la UE avance a la neutralidad de emisiones.
La protección de la infraestructura crítica y los corredores energéticos estratégicos constituye otro eje esencial de esta estrategia. La extensa red de oleoductos y gasoductos, refuerzan la conectividad energética y logística con Asia Central, evitando el territorio ruso. No obstante, estos corredores atraviesan zonas políticamente inestables como el Cáucaso Sur, donde las tensiones entre Armenia y Azerbaiyán suponen cierto riesgo para la estructura energética.
En el plano diplomático, las relaciones de la UE con Azerbaiyán y Turquía se han convertido en un punto muy relevante de su política exterior. Bakú es socio estratégico, sin embargo esta cooperación enfrenta obstáculos significativos como las ya mencionadas políticas y normas medioambientales de la UE. Desde Bakú se ha criticado esta ambigüedad, argumentando que sin estabilidad y un decidido compromiso es difícil asegurar la inversión necesaria para expandir la producción. En lo que concierne a las relaciones con Turquía, estas son ambivalentes, marcadas por tensiones políticas y por la preocupación de que la dependencia europea del tránsito turco incremente la capacidad de presión de Ankara sobre Bruselas.
Azerbaiyán el petroestado del Cáucaso.
Azerbaiyán, como se ha expuesto anteriormente, ocupa una posición estratégica en la política energética europea, determinada en gran medida tanto por su riqueza en hidrocarburos como por su ubicación geográfica, que lo convierte en un puente natural entre Asia Central y Europa. Su presidente, Ilham Aliyev, ha descrito en varias ocasiones estos recursos como “un regalo de los dioses”, subrayando su centralidad en el proyecto nacional y en la proyección internacional del país.
El gas natural constituye el eje vertebrador de su estrategia económica y geopolítica. Con reservas estimadas en más de dos billones de metro cúbicos, Azerbaiyán es el segundo productor de gas del área del Caspio, solo por detrás de Turkmenistán, concentrando su producción en campos como Shah Deniz, Absheron, ACG Non-Associated Gas y Ümid. Bakú se ha comprometido a duplicar sus exportaciones de gas a la UE para el 2027, en el marco del Memorando de Entendimiento sobre Energía firmado en el 2022, reforzando su papel como proveedor esencial para la seguridad energética europea.
El gas azerí se transporta a través de Corredor Meridional de Gas (CMG), que integra el Gasoducto del Cáucaso Meridional (SCPX), el Gasoducto Transanatolio (TANAP) y el Gasoducto Transadriático (TAP), conectando directamente el Caspio con el Mediterráneo. En el plano interno, el gas representa el 94% de la generación eléctrica nacional, con una capacidad de más de 7,5GW.
El petróleo continúa siendo otra de las piezas angulares de la economía azerí. Con reservas probadas de unos 7 mil millones de barriles, la producción se concentra en el campo Azeri-Chirag- Deepwater Gunashli (ACG), aunque su volumen ha disminuido lentamente desde el pico del 2010. Alrededor del 80% del crudo se exporta mediante el oleoducto Baku-Tiflis-Ceyhan (BTC), que conecta el Caspio con el puerto turco de Ceyhan en el Mediterráneo.
En paralelo, Azerbaiyán ha indicado una política de diversificación energética basada en fuentes renovables, como la solar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica y biomasa, con el objetivo de que estas representen al menos el 30% de su capacidad total para 2030. Asimismo, proyecta exportar energía verde a Europa a través de una conexión submarina por el Mar Negro, consolidando aún más si cabe como proveedor energético clave más allá del 2040, en plena transición hacia la descarbonización.
En conjunto, Azerbaiyán es uno de los países con mayor autosuficiencia energética del mundo, ya que produce aproximadamente cuatro veces más energía de la que consume. Sin embargo, su elevada dependencia de las exportaciones de gas y petróleo, alrededor del 90% del total, lo convierte en un Estado vulnerable a las fluctuaciones de los mercados internacionales y a la estabilidad de los contratos a largo plazo.
Desde una perspectiva geopolítica, Azerbaiyán se erige como un actor central del Cáucaso. Su localización, limítrofe con Rusia, Irán, Armenia y Georgia, y con acceso al Mar Caspio, lo convierte en nodo estratégico del Corredor Medio o Ruta Transcaspiana (TITR), una vía de transporte que ha ganado más relevancia tras la Guerra de Ucrania, al permitir el tránsito de mercancías y de energía evitando territorio ruso o iraní. La existencia del enclave de Najicheván, separado del resto de su territorio por Armenia, añade un componente de tensión estructural con Ereván por la apertura del Corredor de Zangezur y su relevancia como objetivo estratégico permanente para Bakú.
El régimen azerí, de carácter autoritario, responde al modelo rentista energético por parte de la élite gobernante, que ha utilizado los ingresos del gas y del petróleo para consolidar el poder político y financiar el aparato de control. La victoria militar sobre Armenia en la Segunda Guerra de Nagorno- Karabaj en 2020 y la rendición de la autoproclamada República de Artsaj o Nagorno-Karabaj por la ofensiva azerí del 2023 ha reforzado la posición dominante de Azerbaiyán en la región, que ya no acepta un papel subordinado de Moscú.
Las relaciones con Rusia, antes pragmáticas, atraviesan ahora una fase de competencia estratégica, en un contexto en que Bakú amplía sus alianzas con otros actores. La cooperación Israel como principal proveedor de tecnología de defensa, el acercamiento a Turkmenistán para facilitar las exportaciones energéticas hacia occidente, el refuerzo de los lazos con la UE y la alianza histórica con Turquía. En cambio, las relaciones con Irán son tensas, condicionadas por la existencia de una minoría azerí de carácter histórico en Irán, aproximadamente unos 14 millones de personas, y por las disputas sobre las fronteras marítimas del Caspio.
Así Azerbaiyán se consolida como un petroestado, geopolíticamente emergente, cuya proyección exterior combina la ambición regional, pragmatismo económico y un creciente peso estratégico para Europa.
Turquía como potencia regional, socio de occidente y hub energético
Turquía se configura como una potencia histórica y regional de peso ineludible, cuya geopolítica viene determinada por su posición de tránsito entre Asia y Europa, su ambición de convertirse en un hub energético euroasiático y su compleja relación de doble compartimentación con Rusia. Este modelo que le permite mantener una cooperación económica e industrial con Moscú, especialmente en el ámbito energético, mientras sostiene posturas políticas divergentes en escenarios como Siria, el Cáucaso o Ucrania.
Su papel como país de tránsito es esencial para la seguridad energética europea. Ankara constituye el tramo central del CMG, que conecta los mercados europeos a su vez con el TANAP. El Acuerdo HGA, firmado en 2013 entre Ankara y Bakú, establece que cualquier volumen de gas azerí transportado por encima de un determinado volumen anual debe de ofrecerse en primer lugar a los compradores turcos, confiriéndole a Turquía una capacidad decisiva sobre el flujo energético hacia Europa.
La relación entre Turquía y Azerbaiyán, definida por el lema “dos Estados, una nación”, se ha intensificado tras la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj, consolidando la influencia turca en el Cáucaso y desplazando parcialmente la otrora absoluta hegemonía rusa. Ankara es el principal valedor de la identidad túrquica en la región, promoviendo los movimientos políticos afines como parte de su estrategia de proyección y expansión de poder e influencia.
En el ámbito petrolero, el oleoducto BTC refuerza el papel de Turquía como punto de saluda del crudo azerí, además de la participación activa del Gobierno turco en el TITR. Estas infraestructuras, juntos como otros proyectos como el TurkStream, consolidan la posición turca como hub energético regional, otrogandole una increíble influencia en la determinación de los precios y tránsito energético hacia los 27.
En el plano diplomático, Turquía ha sabido aprovechar la Guerra de Ucrania para proyectarse como mediador entre Rusia, Ucrania y Occidente reforzando su autonomía estratégica en el marco de su membresía de la OTAN. Sin embargo, sus relaciones con la UE siguen marcadas por la desconfianza y por la coexistencia de cooperación e irritación mutua. El Gobierno turco mantiene las disputas abiertas de carácter territorial e histórico con EE.MM como Grecia y Chipre, su
relación con Francia e instituciones europeas tampoco es que sean excelentes, además de las sucesivas acusaciones de autoritarismo y violaciones de los derechos humanos hacia las instituciones turcas.
En el entorno mediterráneo, Turquía ha iniciado un proceso de normalización de relaciones con Egipto, Siria y otros actores, orientado a reconstruir su red de influencia regional y asegurar la estabilidad de sus corredores energéticos.
En conjunto, la reconfiguración energética derivada de la guerra en Ucrania ha fortalecido el eje Bakú–Ankara–Bruselas, dotándolo de una relevancia estratégica sin precedentes. La diversificación de las fuentes europeas hacia el Caspio responde tanto a una necesidad económica como a una lógica geopolítica, la de reducir la vulnerabilidad estructural frente a Rusia y fortalecer la autonomía estratégica de la Unión Europea. En este contexto, la energía emerge como un instrumento de poder y un pilar esencial de la seguridad y la resiliencia europeas, en cuyo equilibrio Turquía desempeña un papel insustituible.
Riesgos
Para la determinación de los riesgos, estos se visualizarán distribuidos para cada caso, es decir, para la UE, para Azerbaiyán y para Turquía, a fin de ofrecer una visión integral y completa de la interdependencia triangular, donde cada en actor se combinan fortalezas y debilidades que afectan a los demás.
Riesgos para la Unión Europea
Los riesgos que enfrenta la Unión en el marco de su estrategia energética con Azerbaiyán y Turquía se concentran en tres dimensiones esenciales, la coherencia estratégica entre sus objetivos climáticos y de seguridad, la dependencia geopolítica del tránsito y las limitaciones estructurales de la diversificación del suministro.
Abordando la primera dimensión, uno de los principales desafíos para la UE reside en la tensión entre su política medioambiental y la necesidad de garantizar la seguridad energética. La ambición climática genera una reticencia significativa entre los operadores europeos a la hora de firmar
contratos a largo plazo, indispensables para que Azerbaiyán pueda acometer nuevas inversiones. Esta falta de certidumbre amenaza con debilitar la estrategia de diversificación, reproduciendo una vulnerabilidad sistémica en el suministro. Además, las normas comunitarias desde 2021 impiden destinar fondos del presupuesto europeo o del BCI a infraestructuras de combustibles fósiles, añadiendo complejidad para financiar directamente la expansión de la infraestructura energética. Esta limitación se traduce en el ya señalado “muro verde” regulatorio que, sumado a los largos procesos burocráticos, frenan la materialización de proyectos clave en ese sentido, mientras la necesidad de suministro a corto plazo podría derivar en un efecto negativo en la transición energética y el riesgo de generar las ya señaladas inversiones varadas.
En lo que respecta al segundo ámbito, el plano geopolítico, la UE afronta un riesgo de dependencia de tránsito derivado de su apuesta por el gas del Caspio. Turquía, como país de paso indispensable en el CMG, adquiere un poder de influencia creciente sobre la seguridad energética europea. En un contexto de tensiones diplomáticas entre Ankara y Bruselas, agravadas por los conflictos con EE.MM, la dependencia otorga a Turquía una capacidad de presión que podría erosionar la autonomía estratégica de la UE. Asimismo, la diversificación hacia el Caspio podría derivar en reacciones adversas de potencias regionales como Rusia e Irán, que perciben la expansión de la presencia europea en su espacio tradicional como una amenaza directa. El sabotaje o la interferencia en infraestructuras críticas, no puede descartarse en este escenario. Por último, la UE corre riesgos de repetir errores al priorizar la seguridad energética sobre la gobernanza, al asociarse con regímenes autoritarios como el de Bakú, donde la transparencia y la rendición de cuentas siguen siendo notablemente deficitarias, volviendo a las élites azeríes impredecibles.
Sobre la última dimensión, la propia viabilidad cuantitativa del suministro en si mismo representa un desafío. Aunque la UE y Azerbaiyán se hayan comprometido a duplicar las exportaciones anuales para 2027, este volumen sigue siendo relativamente modesto frente al consumo total europeo. Además, resaltar las limitaciones físicas y financieras para expandir las capacidades de la infraestructura que redicen las capacidades de respuesta inmediata ante otra crisis de suministro.
Riesgos para Azerbaiyán
Para Azerbaiyán, los riesgos se concentran en la sostenibilidad de su modelo económico basado en los hidrocarburos, la incertidumbre sobre la financiación de sus proyectos energéticos y la
inestabilidad geopolítica regional. La economía azerí depende, como se ha señalado, de una forma monstruosa del gas y del petróleo, que constituyen alrededor del 90% de sus exportaciones totales. Esta dependencia lo convierte en un Estado rentista altamente expuesto a las fluctuaciones de los precios internacionales y a los cambios estructurales del mercado energético global. A medida que el mundo avanza hacia la descarbonización, el riesgo de un declive sostenido en la demanda de combustibles fósiles podría socavar los ingresos fiscales del país, afectando a su estabilidad macroeconómica y social.
En el corto y medio plazo, la principal amenaza para Bakú es la falta de contratos de suministro a largo plazo con los socios europeos. Sin acuerdos de compra estables y amparados política y jurídicamente, Azerbaiyán carece de las garantías necesarias para atraer la financiación internacional necesaria para expandir su capacidad de producción, especialmente en proyectos de exploración offshore en el Mar Caspio. La rigidez de la política climática europea alimenta la percepción en Bakú de que la UE busca únicamente una solución coyuntural, tratándolo como un proveedor temporal antes de prescindir del gas fósil. Por otro lado, otro riesgo derivado es que Bakú se vuelva dependiente de los acuerdos con la UE y por lo tanto, sea Bruselas quien mantenga financieramente al país caucásico.
A un nivel interno, la estructura política autoritaria y la concentración del poder económico en las élites energéticas perpetúan un modelo poco diversificado y vulnerable a la corrupción. Esta realidad incrementa el riesgo de ineficiencia en la gestión de los ingresos energéticos y debilita la capacidad del Estado para adaptarse a los restos de la transición verde.
En el plano geoestratégico, Azerbaiyán enfrenta tensiones persistentes en su entorno inmediato. A pesar de la victoria bélica en Nagorno-Karabaj, y la consolidación de su control territorial, la frontera con Armenia sigue siendo un foco de inestabilidad, con riesgo de técnicas hibridas y de sabotaje que podrían afectar directamente a las infraestructuras críticas. Paralelamente, el deterioro de las relaciones con Rusia, ahora un competidor estratégico, aumenta la posibilidad de fricciones indirectas en la región del Cáucaso, mientras que la rivalidad con Irán añade más complejidad.
A modo de síntesis, el fortalecimiento de Azerbaiyán como potencia energética. Militar emergente le ha otorgado cierta autonomía, que sin precedentes, también ha situado al país azerí en un delicado
equilibrio entre el beneficio económico, la exposición a los riesgos financieros, política y geoestratégicos de su entorno.
Riesgos para Turquía
Los riesgos que enfrenta Turquía derivan de la tensión entre su ambición de consolidarse como hub energético regional y las dificultades estructurales, económicas y diplomáticas que condicionan esa aspiración. En el terreno energético, el principal desafío proviene del marco de negociación con Azerbaiyán. Según el Acuerdo de 2013, y como se ha señalado, cualquier volumen de gas que supere cierta cantidad anual debe de ser ofrecida al mercado turco. Esta cláusula, que otorga a Turquía una posición de privilegio en el tránsito de gas azerí, también genera fricciones con Bakú, ya que Ankara busca adquirir volúmenes adicionales a precios bajos y a través de contratos vinculados al petróleo, mientras que los consorcios productores aspiran, como es lógico, a precios más altos indexados a los hubs europeos. Es esta falta de consenso sobre el esquema de precios lo que podría obstaculizar la expansión del CMG y afectar el suministro hacia Europa.
A ello se suma el riesgo de que Turquía no logre materializar su proyecto de convertirse en un auténtico hub gasístico euroasiático. Aunque el presidente de la Federación Rusa propuso la creación de un centro de reexportación de gas ruso en Turquía, esta idea choca con la preferencia de Azerbaiyán por exportar directamente a los mercados europeos. En este contexto, la ambición turca podría verse limitada por la falta de control sobre el volumen real de gas que transita por su territorio y la competencia entre actores con intereses divergentes.
En el plano económico, Turquía enfrenta una grave inestabilidad macroeconómica y una inflación persistentemente alta, a la que el coste energético contribuye de manera significativa. La volatilidad de los precios afecta directamente a la balanza de pagos y su política interna, generando vulnerabilidad y tensión social, que puede conllevar a un cambio de gobierno en Ankara y crisis política generalizada.
Desde la perspectiva geopolítica, el papel de Turquía como mediador entre Rusia, Ucrania y Occidente, aunque le ha otorgado una relevancia indiscutible, también ha tensando su relación con la UE y EE.UU. Su creciente influencia en el Cáucaso, su agenda individual en el Levante, y su alineamiento con Azerbaiyán han fortalecido su posición regional, pero a costa de agravar sus
relaciones con sus aliados. La dependencia de la UE con respecto al tránsito turco refuerza la capacidad de Ankara para ejercer presión política y condicionar acuerdos, deteriorando las relaciones euroturcas, debilitadas tras las crisis migratorias de la década pasada.
En conjunto, Turquía se encuentra en una posición ambivalente y que ha de manejar con cautela, es un socio energético y de tránsito indispensable, pero simultáneamente percibida como un actor impredecible, debido al poder autocrático de Erdogan, cuyo fortalecimiento podría generar nuevas asimetrías. Su proyecto de convertirse en el hub regional enfrenta no solo obstáculos técnicos y financieros, sino el reto de equilibrar su diplomacia entre Moscú, Bakú y Bruselas, sin erosionar su credibilidad, algo bastante complicado.
Oportunidades
Para la determinación de los oportunidades, estas se presentarán distribuidas para cada caso, es decir, para la UE, para Azerbaiyán y para Turquía, con el objetivo de ofrecer una visión integral y completa de la interdependencia triangular, donde en cada actor se combinan vulnerabilidad y ventajas que en su conjunto, afectan a los demás.
Oportunidades para la Unión Europea
Las oportunidades para la UE se concentran en el refuerzo de su seguridad energética mediante la diversificación de proveedores, el fortalecimiento de los corredores estratégicos y la consolidación de su liderazgo en la transición verde. En el contexto de policrisis en el que se desarrolla actualmente Europa, la crisis energética impulsó al bloque a redefinir su matriz de dependencias, en este sentido, su asociación estratégica con diversos actores constituye un pilar esencial en esta estrategia.
La consolidación del CMG y sus gasoductos complementarios, proporcionan una mayor flexibilidad en la gestión del suministro energético. Si Bruselas facilita o fomenta la inversión necesaria en infraestructuras, el espacio del Caspio podría aportar volúmenes considerables de recursos energéticos, en concreto gas, en el corto y medio plazo, fortaleciendo la resiliencia frente a disrupciones. Esta apuesta europea se complementa con el proyecto del TITR, que enlaza el mar Caspio con el Mar Negro evitando los territorios de considerable riesgo. Este eje de transporte no
solo asegura la diversificación energética, sino que también amplía las rutas logísticas comerciales este-oeste, consolidando la influencia europea y la autonomía operativa comunitaria en Eurasia.
Paralelamente, Azerbaiyán se ha comprometido a exportar hacia Europa energía verde a partir del 2030, mediante la conexión submarina anteriormente resaltada, en colaboración con Rumanía y Hungría. Este proyecto refuerza la posición europea en el mercado energético sostenible y mantiene a Bakú como un socio estratégico más allá de los combustibles fósiles. A ello se suma la asociación de la UE con Kazajistán, para garantizar el suministro de materias primas críticas, baterías e hidrógeno renovable, fortaleciendo la diversificación tecnológica y energética de la UE.
En su condición de socio principal de los dos Estados en materia energética, la Unión dispone además de una ventana de oportunidad para proyectar su poder normativo y promover reformas de transparencia, gobernanta y sostenibilidad. Esto si tomamos el prisma Liberal-institucionalista para entender esta coyuntura. Esta capacidad de influencia puede traducirse en la mejora de los estándares institucionales del sector energético azerí, reforzando la estabilidad regional y la legitimidad para las asociaciones futuras.
Oportunidades para Azerbaiyán
Bakú se encuentra en una coyuntura geopolítica excepcional que le permite capitalizar su papel como potencia energética y nodo logístico entre Asia y Europa. Tras la victoria militar en la antigua República de Artsaj, y la reconfiguración del equilibrio de poder en el Cáucaso, el país se erige como un actor de referencia regional. Su capacidad para conectar el espacio del Caspio con el Mediterráneo a través de su socio turco le otorga una posición de centralidad para la arquitectura energética euroasiática.
La expansión de sus exportaciones hacia la UE genera y generará un flujo de ingresos sostenidos y una mayor credibilidad financiera ante los organismos internacionales. Los compromisos europeos de compra le permitirán acceder a créditos y atraer inversiones para la exploración y expansión de sus campos. Esta consolidación financiera refuerza la posición azerí como proveedor y socio estratégico fiable.
Al reorientar sus flujos energéticos, Azerbaiyán vincula en gran medida su seguridad económica a la estabilidad del bloque turco-europeo. Esta interdependencia energética refuerza su legitimidad diplomática y reduce el margen de maniobra de potencias como Rusia e Irán.
El refuerzo del Corredor de Zangezur y la cooperación con Turkmenistán, consolidan al país como nodo de la conectividad euroasiática, la red de infraestructuras energéticas-logísticas y de transporte posicionan a Azerbaiyán en uno de las principales potencias que articulan las conexiones entre Asia Central y Europa, aumentando su peso en las dinámicas regionales.
Por último, la apuesta por las energías renovables, especialmente la solar y la eólica, y el desarrollo de infraestructura para la exportación de la energía resultante, contribuyen a mantener la oportunidad y relevancia internacional en la futura era post-fósil.
Oportunidades para Turquía
Turquía emerge como uno de los grandes beneficiarios indirectos de la crisis energética, gracias a su posición geográfica y a su capacidad para articular intereses cruzados entre Europa, Asia y Oriente Medio. La posición de Ankara como mediador entre Rusia, Occidente y Ucrania le ha permitido recuperar margen de autonomía estratégica y proyectarse com actor imprescindible en la gobernanza regional. Su papel en el Cáucaso y su apoyo a Azerbaiyán refuerzan su influencia en el espacio túrquico y en el corredor energético euroasiático.
El tránsito de gas azerí a través del TANAP y del CMG otorga a Turquía ingresos por las tarifas de tránsito y un peso creciente en la determinación del flujo energético hacia la UE. El desarrollo del TITR amplía además su papel como eje comercial. Paralelamente, Ankara persigue la creación de un mercado gasístico nacional que funcione como plataforma de intercambio y referencia de precios para la región. La posibilidad de mezclar gas azerí, turcomano y ruso bajo un marco regulado podría otorgarle una posición dominante en la formación de precios regionales y consolidar su ambición de convertirse en un auténtico hub energético.
Turquía además obtiene ventajas directas en el acceso a gas azerí, precios más competitivos que el gas ruso o el GNL, favoreciendo su competitividad industrial y su estabilidad macroeconómica en
un contexto de inflación estructural. Este acceso preferente a energía asequible constituye un pilar esencial para la sostenibilidad de su sistema y su crecimiento económico.
Para finalizar, destacar que Ankara refuerza su influencia en Asia Central a través de la Organización de Estados Túrquicos, promoviendo la integración energética y cultural bajo su liderazgo. Esta dinámica amplía su capacidad de negociación con Bruselas y Moscú, al gozar de una posición privilegiada diplomáticamente hablando en Asia Central, consolidando su papel como potencia bisagra.
Implicaciones para la Seguridad y Defensa
Como se ha venido señalando a lo largo del presente análisis, la crisis energética desencadenada por la nueva coyuntura de Europa del Este, ha reconfigurado los fundamentos de la seguridad europea. La energía, que tradicionalmente había sido tratada desde una perspectiva meramente económica o ambiental y estando en la periferia de las agendas de seguridad europeas, ha pasado a ocupar el centro de estas, al evidenciarse la extrema vulnerabilidad estructural derivada de la dependencia de un único proveedor, y de unas rutas de suministro críticas y concentradas geográficamente.
En este nuevo contexto, la seguridad energética se consolida como imperativo geopolítico. Europa, al reorientar su política hacia la diversificación y el desacoplamiento energético, ha transformado su vulnerabilidad en un vector de acción estratégica. La aceleración de iniciativas y programas como REPowerEU responde no solo a la lógica de resiliencia económica, sino también a la necesidad de asegurar cierta autonomía política frente a actores que emplean la energía como instrumento de presión o coerción.
En el plano regional, el desplazamiento de los flujos energéticos hacia el eje Cáucaso-Turquía- Mediterráneo introduce nuevas zonas de fricción y vulnerabilidades. Azerbaiyán emerge como socio energético de primer orden para la UE, pero su inserción en un entorno marcado por tensiones territoriales y la competencia de potencias como Rusia, Turquía e Irán, añade más riesgos a la seguridad del suministro. Turquía, por su parte, se consolida como actor bisagra en los espacios euroatlántico y Eurasia, combinando su papel de corredor energético, con una agenda propia de proyección regional y militar.
El resultado es un reordenamiento estratégico en el que la energía se integra plenamente en la arquitectura de defensa europea. Las infraestructuras energéticas, pasan a considerarse activos críticos, susceptibles de ataques o sabotajes en escenarios de conflicto híbrido. La necesidad de proteger estos nodos redefine el conecto de seguridad territorial y amplía el perímetro de la defensa europea hacia el entorno del Cáucaso y Asia Central.
Este giro securitario tiene implicaciones a su vez para la transición energética. La búsqueda de autonomía y estabilidad a corto plazo impulsa una revalorización de fuentes convencionales que puede tensar los compromisos climáticos. El dilema estratégico radica en compatibilizar seguridad inmediata con sostenibilidad estructural, sin reforzar las ya existentes dependencias tecnológicas, especialmente de China y en la cadena de suministros críticos.
La policrisis actual ha difuminado las fronteras entre seguridad energética, geopolítica y defensa. Europa se enfrenta al reto de reconstruir su arquitectura energética sobre bases más resistentes y pragmáticas, en un entorno multipolar donde la energía ya no es solo motor económico, sino un instrumento de poder y una dimensión esencial de la seguridad colectiva.
Prospectiva
El presente ejercicio prospectivo se orienta a analizar la posible evolución del eje Turquía- Azerbaiyán como vector crítico en la arquitectura energética y de seguridad europea en el horizonte 2030-2050. A partir de las tendencias globales descritas por la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y los procesos de desacoplamiento energético derivados de la coyuntura estratégica europea, el análisis pretende buscar anticipar cómo la interacción entre la transición energética, el riesgo político y las estrategias de defensa pueden configurar distintos futuros para la autonomía estratégica de la Unión Europea. Este ejercicio combinará factores estructurales ciertos con factores de incertidumbre.
Los factores estructurales son:
- Para la Unión Europea
- Dependencia energética estructural y escasa producción interna
- Objetivo político-jurídico de neutralidad climática 2050 y reducción en un 90% de emisiones en 2040
- Marco normativo del Pacto Verde Europeo, Fit for 55 y REPowerEU como ejes directores de
la política energética
- Integración de la seguridad energética dentro de la política de defensa y resiliencia estratégica
- Vulnerabilidad tecnológica y dependencia de las cadenas de suministro de recursos críticos
- Consolidación del TANAP-TAP como vía segura no rusa
- Para Azerbaiyán
- Modelo económico rentista y dependiente de los hidrocarburos
- Posición geoestratégica inamovible entre Asia Central, el Caspio y Europa
- Alianza estratégica con Turquía
- Consolidación político-militar en el Cáucaso Sur
- Vulnerabilidad estructural a los precios internacionales de la energía y a la demanda europea
- Persistencia de tensiones con Armenia
- Para Turquía
- Posición geoestratégica clave entre Europa y Asia
- Papale clave en el TANAP y el BTC
- Interdependencia estratégica con Azerbaiyán
- Consolidación como hub energético euroasiático
- Relación ambivalente con la OTAN y la UE
- Proyección de poder en Asia Central y consolidación como potencia regional de Oriente Próximo
Los factores de incertidumbre son:
- Evolución del conflicto en Ucrania
- Relaciones diplomáticas UE-Rusia
- Relaciones diplomáticas UE-Turquía
- Relaciones diplomáticas UE-Azerbaiyán
- Capacidad real de la UE de compatibilizar la transición ecológica con la seguridad energética
- Compromiso financiero europeo con el eje energético euroasiático
- Transformación tecnológica del sistema energético europeo
- Credibilidad internacional de Azerbaiyán
- Estabilidad política y geoestratégica del Cáucaso Sur
- Estabilidad interna y continuismo en Turquía
- Evolución del programa de Autonomía Estratégica Europea
- Competencia de actores externos en la región
- Evolución política europea
Escenario optimista “Convergencia Estratégica”
En este escenario, la Unión Europea consolida su seguridad energética mediante la firma de contratos a largo plazo (LTCs) con Azerbaiyán, reconocidos como instrumentos de necesidad estratégica y estructural. Bakú, gracias a la estabilidad contractual y a la llegada de nuevas inversiones internacionales, amplia su capacidad de producción y explotación, mientras Turquía refuerza su papel como corredor energético seguro y socio de confianza.
La cooperación trilateral se institucionaliza a través de mecanismos regulares de coordinación energética y tecnológica. Paralelamente, la UE avanza de forma ordenada en la transición energética, impulsando proyectos de descarbonización en los Estados socios y granizando la continuidad de las relaciones económicas en el escenario post-fósil. Este entorno favorece la autonomía estratégica europea, la estabilidad regional y la consolidación el eje Turquía-Azerbaiyán como pilar estructura de la seguridad energética continental.
Escenario intermedio “Dependencia Controlada”
En este escenario, la diversificación de socios energéticos reduce parcialmente la vulnerabilidad estructural de la UE, pero sin eliminarla por completo. Las tensiones políticas en el Cáucaso Sur y las divergencias diplomáticas con Turquía limitan las inversiones, ralentizando la expansión de la cooperación energética.
La transición ecológica avanza, pero de manera desigual, debido a los cuello de botella tecnológicos y financieros. La UE se ve obligada a prorrogar sus plazos de descarbonización, manteniendo una
dependencia residual de los combustibles fósiles del eje Turquía-Azerbaiyán. Aunque la autonomía energética mejora respecto al periodo previo a 2022, la autonomía estratégica plena sigue fuera de alcance, en un contexto global de incertidumbre y competencia por los recursos.
Escenario pesimista “Fragmentación y Riesgo”
En este escenario, el deterioro del entorno geopolítico y la creciente rivalidad entre potencias globales favorecen la expansión de la influencia rusa, china e iraní en el Cáucaso Sur. La inestabilidad política y la reactivación de los conflictos regionales, incluyendo ataques o sabotajes a infraestructuras energéticas críticas erosionan la seguridad del suministro hacia Europa.
La Unión Europea, ante la escasez y volatilidad de los mercados, retoma el uso intensivo de fuentes fósiles, priorizando la seguridad inmediata sobre la sostenibilidad a largo plazo. Las relaciones con Turquía se deterioran, surgiendo fricciones por el control de las rutas de tránsito y se debilita la cooperación con Azerbaiyán, que reorienta parte de sus exportaciones hacia Asia. El eje Turquía- Azerbaiyán se fragmenta y la UE enfrenta una nueva etapa de vulnerabilidad energética y dependencia estratégica, acompañada de un retroceso en sus compromisos climáticos.
Recomendaciones estratégicas para la Unión Europea
Desde el presente análisis se proponen tres ejes de actuación estratégica, que se derivan de los retos y oportunidades identificados, tanto en la evaluación estructural del sistema energético como en el ejercicio prospectivo. El primero se orienta al a gobernanza y la autonomía estratégica, el segundo a la resiliencia regional y el desarrollo de infraestructuras críticas y el tercero a la transición energética.
En primer lugar, sobre la gobernanza y la autonomía estratégica:
La UE debe seguir en su proceso de consolidar una arquitectura política verdaderamente operativa, que le permita integrar plenamente la dimensión energética dentro de la política de seguridad y defensa y volverla operativamente factible. En este sentido se propone:
- Consolidar la integración del marco europeo de gobernanza energética dentro de la PCSD, asegurando la coherencia entre los objetivos
- Reforzar e institucionalizar la cooperación con los socios estratégicos
- Impulsar el desarrollo de la autonomía estratégica europea, fomentando la resiliencia tanto interna como la de los propios EE.MM
- Reducir la burocratización de los procesos de decisión y ejecución, agilizando los mecanismos de financiación, supervisión y coordinación
- Armonizar los marcos de ayudas, incentivos y procesos regulatorios
- Mejorar la cohesión política y la armonización de acciones, fortaleciendo así la capacidad de respuesta común frente al fenómeno de la policrisis
En segundo lugar, en cuanto a la resiliencia regional e infraestructuras críticas:
El fortalecimiento de la seguridad energética europea exige el refuerzo de la interconectividad y la protección de las diversas infraestructuras críticas que sostienen los corredores energéticos. En este sentido se recomienda:
- Reforzar la arquitectura de interconectividad energética, tanto intracomunitaria como extracomunitaria, priorizando la primera así como la interoperabilidad técnica, la digitalización y la sostenibilidad
- Fomentar la conectividad sostenible, integrando proyectos energéticos en corredores logísticos y digitales
- Impulsar la cooperación público-privada europea en la financiación y gestión de infraestructuras críticas, buscando garantizar el control estratégico frente al capital extranjero
- Desarrollar capacidades conjuntas con los socios energéticos en la protección de las infraestructuras críticas
En tercer lugar, sobre la transición energética:
La consolidación del programa de autonomía estratégica depende en gran medida de la capacidad de compatibilizar la segirodad del suministro con el cumplimiento de los objetivos autoimpuestos. En consecuencia, se propone:
- Fomentar la transición ecológica en los socios energéticos y económicos, promoviendo la convergencia regulatoria y tecnológica con la UE
- Impulsar la industrialización sostenible en los 27 EEMM así como desarrollar una base industrial de energías y tecnologías renovables
- Apoyar la investigación y desarrollo en ámbitos estratégicos de energía y tecnología
- Establecer estándares energéticos comunes e incrementar la intraconectividad sostenible, fomentando la conclusión de proyectos y el inicio de nuevos
Conclusiones
Para concluir, decir que el análisis ha mostrado que la seguridad energética europea se entrelaza con la seguridad y la defensa, la resiliencia tecnológica e industrial, y la transición ecológica. La UE se enfrenta así al reto de conciliar el abastecimiento, con sus compromisos de descarbonización y sostenibilidad. En este equilibrio, las alianzas estratégicas con socios externos, como Turquía y Azerbaiyán, entre otros, se perfilan no solo como mecanismos de acceso energético, sino también como instrumentos de proyección de poder y estabilidad regional.
Los escenarios prospectivos planteados ilustran la amplitud del abanico de posibilidades que enfrenta la UE hacia 2030–2050. El escenario optimista refleja la oportunidad de consolidar un modelo europeo estable, diversificado y tecnológicamente innovador, el intermedio advierte sobre la vulnerabilidad persistente y las limitaciones de la cooperación, y el pesimista alerta sobre la fragmentación del orden energético y la pérdida de cohesión estratégica. En conjunto, estos escenarios evidencian que la evolución futura dependerá de la capacidad de Europa para integrar la seguridad energética en su política común, fortalecer la gobernanza y construir un sistema regional basado en la cooperación, la resiliencia y la sostenibilidad.
Finalmente, las recomendaciones estratégicas presentadas delinean una hoja de ruta que en cierto modo puede llegar a ser realista para reforzar la posición de la UE como actor autónomo y coherente en el tablero energético global. Consolidar una gobernanza ágil y cohesionada, proteger las infraestructuras críticas y la conectividad regional, y liderar una transición energética justa y tecnológicamente avanzada constituyen los pilares sobre los cuales Europa podrá sostener su seguridad, su competitividad y su capacidad de influencia en las próximas décadas.


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