
Manuel Cortés Maza: Economista especializado en inteligencia económica y financiera, con dos años de experiencia en el sector bancario como asesor financiero. Graduado en Economía por la Universitat Jaume I y Máster en Inteligencia Económica por la FUE-UJI. Sus áreas de interés incluyen la inteligencia económica aplicada a los sectores financiero, energético y de defensa, así como el estudio de dinámicas estratégicas en Asia Central, los BRICS, Europa y EE. UU.
1. Introducción, justificación y objetivos del análisis.
El estudio de la hegemonía monetaria y del papel del dólar como moneda de reserva internacional constituye una vía privilegiada para comprender la evolución del poder económico y geopolítico en el sistema internacional contemporáneo. A diferencia de la visión simplificada que reduce la hegemonía monetaria a la “fortaleza” de una divisa, el análisis histórico y económico demuestra que su mantenimiento depende de un complejo entramado de factores financieros, institucionales, tecnológicos y estratégicos que se han ido configurando desde el sistema de Bretton Woods hasta la actualidad.
En este sentido, examinar el estado actual del dólar, su aparente proceso de erosión y la posibilidad real de un relevo permite entender no sólo las transformaciones de la economía global, sino también las tensiones estructurales derivadas de un orden internacional en transición. La creciente fragmentación geoeconómica, el auge de nuevas potencias como China, la proliferación de sistemas de pago alternativos y la digitalización del dinero reflejan una reconfiguración profunda del paisaje monetario internacional.
La relevancia del tema se intensifica en un contexto caracterizado por la rivalidad estratégica entre grandes potencias, el uso político de la infraestructura financiera global y la aparición de nuevos instrumentos monetarios —desde las CBDCs hasta las stablecoins— que cuestionan algunos de los supuestos tradicionales sobre el funcionamiento del sistema. En este escenario, la hegemonía del dólar enfrenta tensiones que remiten al dilema de Triffin.
Este trabajo surge, por tanto, de la necesidad de ofrecer una visión integral sobre los límites y las posibilidades del orden monetario actual. Su propósito es analizar si realmente se está produciendo un proceso de desdolarización, cuáles son las alternativas potenciales y qué obstáculos estructurales impiden que alguna de ellas sustituya de forma plena al dólar. Se busca también contextualizar históricamente la hegemonía del USD, evaluando los beneficios financieros (exorbitant privilege) y geopolíticos (interdependencia armada) que han sostenido su centralidad, así como las presiones que hoy ponen en cuestión su permanencia.
De manera específica, este análisis se propone:
- Examinar las condiciones económicas, institucionales y geopolíticas que explican por qué el dólar ha mantenido su hegemonía durante más de siete décadas.
- Evaluar las limitaciones estructurales del euro y del renminbi para erigirse como monedas de reserva global.
- Analizar el papel de la digitalización monetaria y su impacto en la arquitectura financiera internacional.
- Interpretar estas dinámicas a la luz de la trampa de Kindleberger, explorando la posibilidad de que el sistema avance hacia una etapa sin un hegemon capaz o dispuesto a proveer los bienes públicos monetarios globales.
En definitiva, el presente trabajo pretende ofrecer una comprensión clara y fundamentada del momento histórico actual, caracterizado no tanto por la sustitución del dólar como por la gestión de un vacío creciente en la gobernanza monetaria global.
2. Ideas clave.
El análisis del sistema monetario internacional muestra un escenario caracterizado por tensiones estructurales persistentes, desplazamientos geoeconómicos y una creciente fragmentación que redefine la distribución de poder en la economía global.
2.1. La tensión estructural del dólar: hegemonía, deuda y sobreoferta de activos seguros
La posición del dólar como moneda internacional dominante se sustenta en un conjunto de mecanismos estructurales que se han reforzado mutuamente desde mediados del siglo XX. El desarrollo de los mercados financieros estadounidenses, su estabilidad institucional, los poderosos efectos de red y la relevancia geopolítica de Estados Unidos han consolidado la centralidad del dólar tanto en transacciones comerciales como en reservas oficiales. Tradicionalmente, la literatura ha explicado esta hegemonía a través de conceptos como el exorbitant privilege, que alude a la capacidad de Estados Unidos para financiarse en su propia moneda y captar ahorro global a bajo coste, o la función de proveedor global de activos seguros, esenciales para la estabilidad del sistema financiero internacional.
Sin embargo, es en el análisis del dilema estructural asociado a la provisión de activos seguros donde nace unos de los puntos claves para entender la situación actual. Para satisfacer la demanda mundial de dólares, Estados Unidos debe emitir deuda pública en cantidades crecientes, un proceso que garantiza liquidez global pero que al mismo tiempo deteriora gradualmente la solvencia fiscal del emisor. Este mecanismo reproduce una versión modernizada del dilema de Triffin: el mundo requiere más dólares para sus transacciones y reservas, pero la creación de esos dólares exige déficits externos y fiscales que erosionan la confianza en el largo plazo. El resultado es una dinámica de tensión permanente entre la función internacional del dólar y sus fundamentos domésticos.
En las últimas décadas, esta tensión ha adquirido un carácter más marcado debido al crecimiento explosivo de la deuda estadounidense. Con ratios superiores al 120 % del PIB y un coste de financiación creciente, el Tesoro norteamericano se enfrenta a una presión estructural para seguir emitiendo deuda, lo que está dando lugar a una sobreoferta de activos seguros cuya calidad relativa disminuye con el paso del tiempo. Esta situación no implica un colapso inminente del dólar, pero sí una erosión progresiva de su prestigio como activo refugio incuestionable. Paradójicamente, cuantos más dólares necesita el mundo, más debe endeudarse Estados Unidos; y cuantos más bonos del Tesoro emite, más dudas surgen sobre la sostenibilidad de esa deuda. Esta contradicción sistémica constituye la fricción central del orden monetario contemporáneo.
Gráfico 2: Evolución de la deuda de EEUU entre 1971 y 2024.

Fuente: U.S. Department of the Treasury, Fiscal Data (2025). Historical Debt Outstanding. Gráfico de elaboración propia.
La utilización geopolítica del dólar intensifica esta tensión. La capacidad de Washington para instrumentalizar su infraestructura financiera —a través de sanciones, restricciones tecnológicas o mecanismos de vigilancia como SWIFT y CHIPS— convierte la moneda estadounidense en un arma de política exterior. Si bien esto refuerza la hegemonía de Estados Unidos en el corto plazo, también incentiva a terceros países a buscar mecanismos alternativos que reduzcan su vulnerabilidad frente a la extraterritorialidad del poder financiero norteamericano. La hegemonía del dólar, por tanto, se sostiene en una combinación de fuerza estructural y creciente contestación, cuyo equilibrio será decisivo para el futuro del sistema monetario internacional.
La evidencia sugiere que la paradoja de la desdolarización parcial ya se refleja en las reservas internacionales: aunque el dólar sigue dominando con un 58,4 % en 2023 (frente al 71 % en 1999), los bancos centrales han impulsado una diversificación gradual.
Gráfico 3: % global de reservas FX en dólar americano.

2.2. El euro como moneda internacional incompleta.
El euro nació en 1999 como un proyecto destinado a consolidar la integración económica europea y actuar como alternativa al dólar en el sistema monetario internacional. Durante sus primeros años generó un fuerte optimismo: la eurozona reunía tamaño económico, credibilidad institucional y expectativas de integración financiera que llevaron a algunos autores a prever que el euro podría incluso superar al dólar como moneda de reserva global. Sin embargo, la crisis de 2008 reveló sus debilidades estructurales. La ausencia de un Tesoro común, la fragmentación del mercado de deuda y la falta de un prestamista fiscal de última instancia transformaron la crisis financiera en una crisis de deuda soberana. La reacción de la UE —lenta y basada en rescates ad hoc— contrastó con la capacidad de Estados Unidos para emitir activos seguros y estabilizar el sistema. Aunque la intervención del BCE (especialmente el “whatever it takes” de Draghi) salvó la moneda, dejó claro que la arquitectura del euro era incompleta.
A día de hoy, el euro continúa siendo la segunda divisa internacional, relevante en emisiones de deuda y ampliamente utilizada en Europa y su vecindario. No obstante, su avance como moneda de reserva global está limitado por tres carencias estructurales: la falta de un activo seguro unificado, una unión bancaria inconclusa y mercados financieros fragmentados. Además, la UE carece de una política exterior cohesionada capaz de respaldar al euro con poder geopolítico. Aunque iniciativas recientes como Next Generation EU han mostrado el potencial de una deuda conjunta, su carácter excepcional impide consolidar un colateral europeo comparable al Treasury estadounidense. En consecuencia, el euro se configura como una moneda secundaria sistémica: relevante, influyente en su región y en el bloque occidental, pero subordinada al dólar en la jerarquía global. Su futuro dependerá de la capacidad europea para completar su arquitectura institucional y dotar de mayor cohesión política al proyecto.
2.3. Yuan como alternativa sistémica emergente.
La motivación fundamental de China para reducir su dependencia del dólar no responde a una aspiración ideológica ni a un deseo inmediato de reemplazar a Estados Unidos como hegemón monetario. Responde, ante todo, a tres vulnerabilidades estructurales que el sistema dominado por el dólar impone a Pekín. En primer lugar, el dólar constituye un riesgo estratégico para cualquier país que pueda entrar en tensión con Estados Unidos. La arquitectura financiera internacional —SWIFT, CHIPS, la banca corresponsal, los mercados de Treasuries— opera bajo marcos regulatorios que Washington puede instrumentalizar. La congelación de las reservas rusas en 2022 mostró que una potencia puede quedar financieramente paralizada en cuestión de días. China entendió ese episodio como una advertencia: el dólar no es sólo una divisa, sino una herramienta de poder coercitivo capaz de restringir flujos comerciales, inversiones y reservas.
En segundo lugar, la dependencia del dólar implica una vulnerabilidad macrofinanciera persistente. La mayor parte de las importaciones chinas de materias primas —petróleo, gas, minerales estratégicos— se transan en USD, lo que obliga a Pekín a mantener grandes reservas en dólares y lo expone a los ciclos monetarios de la Reserva Federal. Cada subida de tipos en Estados Unidos encarece la financiación global, reduce la liquidez internacional y genera tensiones en la economía china, especialmente en sectores muy apalancados. Finalmente, la subordinación al dólar limita la capacidad de China para proyectar poder geoeconómico. Ninguna potencia puede aspirar a autonomía estratégica si su comercio, sus reservas y su capacidad de financiar proyectos en el exterior dependen de la moneda del país que intenta contener su ascenso.
A partir de estas vulnerabilidades, China ha desarrollado una estrategia de internacionalización del RMB que no sigue la lógica monetaria convencional, sino una lógica geoeconómica basada en poder estructural. En lugar de abrir completamente su sistema financiero —como prescribe la teoría ortodoxa— Pekín utiliza su posición como comprador dominante de recursos naturales, manufacturas críticas y bienes intermedios para inducir el uso del RMB en transacciones estratégicas. El renminbi no se expande por la vía de la liberalización, sino por la vía de la dependencia: al concentrar la demanda global de litio, cobre, acero, coltán, tierras raras y productos industriales, China condiciona los términos de intercambio y puede negociar el medio de pago. Este poder de demanda genera un entorno donde el uso del RMB surge como respuesta funcional a las necesidades de proveedores altamente dependientes del mercado chino.
El RMB avanza, por tanto, allí donde la vulnerabilidad del vendedor coincide con la capacidad de China para ofrecer financiación, acceso comercial o continuidad en la demanda. Exportadores de recursos naturales y países con necesidad urgente de liquidez encuentran en el yuan un mecanismo para acelerar transacciones, estabilizar ingresos o sortear sanciones. No es un fenómeno voluntario, sino un proceso inducido por la estructura misma del comercio internacional dominado por China.
Esta lógica se articula plenamente en la Belt and Road Initiative (BRI), que constituye el instrumento central de la inserción monetaria china. Lejos de limitarse a construir infraestructuras, la BRI reconfigura las jerarquías económicas del Sur Global e integra regiones enteras dentro de circuitos financieros donde el RMB circula de manera natural. La financiación china para puertos, autopistas, redes ferroviarias o proyectos mineros suele estar acompañada por condiciones contractuales que incentivan el uso del yuan: los préstamos se denominan en RMB; las empresas chinas importan maquinaria y materiales desde China; los pagos entre compañías se canalizan a través de bancos chinos; y los reembolsos de los créditos se realizan parcial o totalmente en RMB, o mediante flujos comerciales vinculados. Este proceso crea circularidad monetaria, un ecosistema en el que el RMB se convierte en instrumento operativo porque las infraestructuras, los créditos y los flujos comerciales están diseñados para utilizar esa moneda.
África constituye el ejemplo más avanzado de esta dinámica. China es allí el principal socio comercial, el mayor inversor y el acreedor bilateral más relevante. China observó que a medida que su modelo de crecimiento basado en la inversión doméstica y las exportaciones manufactureras comenzó a mostrar signos de saturación, la BRI se transformó en un canal para externalizar su sobrecapacidad industrial y asegurar mercados para sus conglomerados de construcción, energía y transporte. África ofrecía la combinación ideal: una enorme brecha de infraestructura, abundancia de recursos y gobiernos necesitados de financiación alternativa a las multilaterales occidentales. La combinación de endeudamiento, dependencia comercial y necesidad de infraestructuras convierte la aceptación del RMB en una decisión funcional, no ideológica.
En Asia Central, Pakistán y el sudeste asiático se observan estructuras similares, aunque con intensidades diversas. En América Latina, el RMB gana terreno en sectores estratégicos como el cobre y el litio, donde China combina inversión, compra sistemática y financiación. El caso ruso es aún más significativo: tras las sanciones occidentales, Moscú se vio obligada a convertir el RMB en su moneda operativa para comercio exterior y para los intercambios financieros con China. En 2024, el yuan se convirtió en la divisa más negociada en la Bolsa de Moscú, no por elección, sino por necesidad.
Sin embargo, este avance monetario no implica que el RMB esté en camino de reemplazar al dólar. Su internacionalización enfrenta límites estructurales que el modelo de desarrollo político chino no está dispuesto a superar. El primero de ellos es la ausencia de una liberalización plena de la cuenta de capital, indispensable para que un activo pueda ser considerado refugio global. El Partido Comunista prioriza la estabilidad política y financiera interna frente a la volatilidad que traería una apertura total del sistema. Este dilema —autonomía versus internacionalización— es irresoluble en el corto plazo. A ello se suma la falta de un activo seguro chino comparable a los Treasuries: el sistema financiero de China carece de la liquidez,desarrollo, seguridad jurídica y previsibilidad institucional que caracterizan al mercado estadounidense, y su mercado de bonos está expuesto a frecuentes intervenciones estatales.
El tercer límite radica en el perfil de los países que adoptan el RMB: economías vulnerables, dependientes de financiación o sometidas a sanciones. En estos contextos, el uso del yuan responde a una necesidad inducida, no a una preferencia espontánea. Esto reduce la escalabilidad del RMB y su capacidad para competir en transacciones interregionales donde China no está directamente involucrada. La moneda china se internacionaliza “por gravedad geoeconómica”, no por atractivo financiero universal.
Finalmente, China no aspira a asumir el rol que históricamente desempeñó Estados Unidos. No quiere actuar como prestamista de última instancia global, no puede ofrecer activos seguros en cantidades equivalentes al dólar y no parece dispuesta a someterse a los compromisos institucionales que exige ser el centro del sistema monetario internacional. Por ello, el avance del RMB no sustituye al dólar, sino que reproduce un patrón coherente con la trampa de Kindleberger: un mundo donde la moneda hegemónica pierde capacidad de liderazgo, mientras la potencia ascendente no desea —ni puede— asumir la responsabilidad de estabilizar el sistema. El resultado no es una transición hegemónica clásica, sino una creciente fragmentación monetaria articulada en torno a esferas regionales y circuitos funcionales dominados, en algunos casos, por China.
2.4.Criptodivisas y monedas digitales de bancos centrales (CBDCs)
A pesar de la atención mediática que han recibido las criptomonedas, su papel en el sistema monetario internacional sigue siendo marginal y carece de los atributos esenciales para competir como divisas globales. Bitcoin, por su extrema volatilidad y ausencia de un emisor responsable, no puede funcionar como unidad de cuenta ni como activo seguro, elementos imprescindibles para sostener flujos comerciales o reservas oficiales. Las stablecoins, aunque más estables en apariencia, dependen estructuralmente del dólar o de otros activos tradicionales, lo que en la práctica refuerza la hegemonía del USD en lugar de debilitarla. Incluso los desarrollos tecnológicos asociados a DeFi o tokenización no alteran esta realidad: pueden mejorar la eficiencia operativa, pero no sustituyen los fundamentos institucionales y geopolíticos que sostienen a una moneda internacional. En síntesis, el ecosistema cripto aporta innovación, pero no ofrece una alternativa real al dólar, al euro o incluso al RMB en el orden monetario global.
2.5. Un sistema sin hegemon: fragmentación, multipolaridad y la trampa de Kindleberger
La evolución reciente del sistema monetario internacional encaja de manera casi precisa en lo que Kindleberger denominó la “trampa de la hegemonía declinante”: un escenario en el que la potencia dominante pierde capacidad o voluntad para proporcionar los bienes públicos globales que sostienen la estabilidad económica, mientras que la potencia ascendente no está en condiciones —o simplemente no desea— asumir esa responsabilidad. En este tipo de interregno, el sistema se vuelve más inestable, más fragmentado y más vulnerable a crisis recurrentes, no porque exista un conflicto directo por la hegemonía, sino porque nadie sostiene el orden.
Estados Unidos continúa siendo la única economía capaz de emitir activos seguros a escala global, garantizar liquidez en momentos de estrés y coordinar respuestas multilaterales a crisis financieras. Sin embargo, su liderazgo se ha debilitado por la creciente polarización interna, el deterioro fiscal y el uso instrumental del dólar como herramienta coercitiva, lo que ha erosionado la legitimidad internacional de su primacía. Al mismo tiempo, la arquitectura financiera dominada por el dólar se ha politizado hasta un punto que incentiva a terceros países a buscar alternativas, debilitando la centralidad que durante décadas parecía incontestable. La hegemonía del dólar persiste, pero ya no articula un sistema coordinado; opera más por inercia que por capacidad de integración.
Por otro lado, China representa la potencia ascendente que, en teoría, podría sustituir parte del liderazgo estadounidense. No obstante, su ascenso monetario está limitado por razones estructurales: el renminbi no cuenta con mercados financieros plenamente abiertos, carece de un activo seguro comparable al Treasury y no dispone de instituciones con credibilidad global suficiente como para actuar como prestamista de última instancia. Más aún, Pekín no muestra interés alguno en asumir esa función. Su estrategia se basa en la creación de esferas de influencia monetaria funcionales, no en la construcción de un orden financiero global. China busca reducir su vulnerabilidad al dólar, no reemplazarlo como garante del sistema.
Entre una hegemonía debilitada y una potencia ascendente sin aspiración de liderazgo, emerge un vacío que define el momento actual: la arquitectura monetaria global se mueve hacia una multipolaridad fragmentada en la que coexisten circuitos monetarios regionales sin coordinación central. El dólar sigue siendo imprescindible, pero no suficiente; el euro es relevante, pero incapaz de actuar como estabilizador sistémico; y el RMB avanza, pero sólo en regiones donde el poder estructural chino es determinante. El resultado no es una transición ordenada hacia un nuevo centro de gravedad, sino la proliferación de múltiples polos monetarios sin un eje estabilizador común.
En este contexto, la trampa de Kindleberger no es un riesgo futuro, sino una realidad en formación: un sistema internacional donde nadie provee liquidez global en tiempos de crisis, donde la gobernanza financiera es reactiva y fragmentada, y donde la ausencia de un hegemón capaz y dispuesto incrementa la probabilidad de episodios de inestabilidad más frecuentes y más difíciles de contener. El orden monetario global no se dirige hacia una nueva hegemonía, sino hacia la gestión permanente del vacío.
3. Conclusiones
El análisis desarrollado muestra que el sistema monetario internacional atraviesa una fase de transición estructural marcada por tensiones profundas, rivalidad geoeconómica y ausencia de liderazgo claro. Pese a su aparente erosión, el dólar sigue siendo el pilar central del orden financiero global, no por fortaleza absoluta sino por falta de alternativas capaces de cumplir las funciones sistémicas que sostienen la estabilidad internacional: provisión de activos seguros, liquidez global y capacidad de coordinación en tiempos de crisis. El euro, aunque relevante en su ámbito regional, continúa limitado por una arquitectura institucional incompleta y por la ausencia de un activo seguro mutualizado que pueda rivalizar con los Treasuries.
China, por su parte, está reconfigurando el sistema desde otro ángulo: no compite con el dólar en su terreno tradicional, sino que construye espacios monetarios funcionales apoyados en su poder estructural como comprador dominante y en la expansión geoeconómica de la BRI. Sin embargo, la internacionalización del RMB avanza condicionada por límites internos —controles de capital, falta de transparencia financiera y ausencia de un activo refugio creíble— así como por el hecho de que Pekín no desea asumir el rol de estabilizador global que históricamente ha definido la condición hegemónica.
El resultado es un sistema en el que ninguna potencia está dispuesta o capacitada para proporcionar los bienes públicos monetarios que sustentan la estabilidad global. Esta configuración reproduce la lógica de la trampa de Kindleberger: una hegemonía en declive que no es sustituida por otra, sino que da paso a un orden fragmentado donde coexisten circuitos monetarios parciales sin un eje coordinador. En este contexto, más que hablar de desdolarización, debemos referirnos a una reorganización desigual y regionalizada del poder monetario global.
En definitiva, el mundo no se dirige hacia un nuevo hegemón, sino hacia la gestión de un vacío estructural. Comprender este escenario, sus riesgos y sus implicaciones geoeconómicas resulta esencial para anticipar la evolución de la gobernanza financiera internacional en las próximas décadas.


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