Joan Frau Morey. Graduado en Seguridad por la Universidad de Barcelona. Actualmente está ejerciendo de Jefe de Seguridad en TASP y cursando el Máster en Paz, Seguridad y Defensa en el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado. Sus principales intereses están relacionados con la geoestrategia, la geopolítica, la inteligencia y las relaciones internacionales.


1. RESUMEN EJECUTIVO

El presente estudio analiza las repercusiones históricas, actuales y futuras de la expansión oriental de la UE, centrado en la posible integración de Ucrania y Georgia mayoritariamente, aunque sin perjuicio de incluir a otros países del Este de Europa. A través de una revisión de antecedentes y opiniones de expertos, se exploran las consecuencias políticas, económicas, sociológicas y estratégicas de dicha ampliación. La integración de estos países ofrece oportunidades de crecimiento económico y colaboración en defensa, pero también intensifica las tensiones geopolíticas con Rusia y revela divergencias internas en la UE. Una estrategia equilibrada es esencial para maximizar beneficios y minimizar riesgos.

Palabras clave: Expansión oriental europea, Grupo de Visegrado, Europa del Este, Europa Oriental, Unión Europea

Executive Summary

This study provides an in-depth analysis of the historical, current, and future repercussions of the EU’s eastern expansion, focusing on the potential integration of Ukraine, Moldova, and Georgia. Through a comprehensive review of historical backgrounds and expert opinions, it explores the political, economic, sociological, and strategic consequences of this enlargement. The integration of these countries offers opportunities for economic growth and defense collaboration, but also intensifies geopolitical tensions with Russia and exposes internal divergences within the EU. A balanced strategy is essential to maximize benefits and minimize risks.

Keywords: Eastern European expansion, Visegrad Group, Eastern Europe, East Europe, European Union.

Introducción

La emergencia de un contexto bélico en el Viejo Continente ha hecho despertar a los seguidores del politólogo Francis Fukuyama y su libro El fin de la historia y el último hombre (Fukuyama, 1992) los cuales creían haber visto llegar el apogeo de la evolución histórica donde las democracias liberales suponían la finalización del progreso social y político. Sin embargo, a finales del s. xx no era tan fácil discernir entre la realidad histórica de las relaciones internacionales y la victoria del sistema democrático-liberal. Durante décadas, gran parte del continente europeo ha formulado sus estrategias sin considerar adecuadamente los contextos históricos y la evolución reciente, evitando asumir la política como un proceso dinámico de acciones y reacciones fundamentado en los intereses de todas las partes implicadas. En este aspecto, la evolución del conflicto ucraniano ha reestructurado el marco geopolítico regional, desplazando su centro de gravedad hacia el Este y otorgando un mayor protagonismo a los países de Europa Central (Lagoa, 2024, 137). Como veremos, ese centro de gravedad puede suponer divergencias en el seno de la Unión, no solamente a colación del conflicto en Ucrania, más bien inherentes a la ampliación de la Unión y del sistema que representa. Estas tensiones se derivan de la interacción entre los valores fundamentales de la UE arraigados a la Europa Occidental y los desafíos planteados por la inclusión de nuevos miembros, lo que hace emerger preguntas sobre la cohesión interna y la capacidad de la UE para mantener su identidad y misión en un contexto geopolítico cambiante.

Análisis de la Situación

Si bien este estudio está centrado en el estudio de la expansión de la Unión hacia el este, cabe destacar como los altos mandos de la Federación Rusa conciben dicha expansión como acciones encubiertas de la OTAN. En febrero de 2013, antes de la destitución de Yanukovich, el Ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, acusó a la UE de intentar crear una esfera de influencia en Europa del Este lo cual era una estrategia encubierta para la expansión de la OTAN (Mearsheimer, 2014, 4). Una vez expuesto, resulta pertinente puntualizar la posición de la Alianza Atlántica en este contexto.

Con la implosión de la URSS y la reunificación de Alemania a finales del s. XX, se orientó el escenario geopolítico europeo para la expansión de la OTAN. La Alianza Atlántica incorporó algunas de las antiguas Repúblicas Soviéticas y exmiembros del Pacto de Varsovia además de apoyar intrínsicamente la creación y expansión de la UE. En contraste, la nueva Federación Rusa atravesó un complejo proceso de transición caracterizado por una profunda crisis económica y de identidad que debilitó su posición geoestratégica. Diversas iniciativas, como la OSCE , el Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa y su inclusión en el Consejo de Europa, intentaron atraer a Rusia para que colaborase con Occidente mediante el proyecto Partnership for Peace , bajo la expectativa de que aceptara los principios de apertura e interdependencia. Sin embargo, desde la perspectiva rusa, la independencia económica, la capacidad militar y una estrategia geopolítica propia son inherentes a su soberanía nacional. Ello era opuesto a los valores y concepciones de la UE donde su nacimiento surgió como respuesta a los nacionalismos y los enfrentamientos entre los estados-nación en la primera mitad del s. XX (Lagoa, 2024, 139-140).

La OTAN empezó a expandirse en 1999 con la incorporación de Polonia, República Checa y Rumanía seguidas en el 2004 por Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia. Desde el principio Moscú mostró sus reticencias de manera contundente aunque, según lo ocurrido, la Alianza no se tomó –o no quiso tomarse– estas discrepancias como algo serio al no disponer Rusia de capacidades para detener el avance occidental. Sin embargo, a medida que Rusia fue ganando dichas capacidades, fue oponiéndose de manera más categórica a los intereses de la OTAN manifestándose en los enfrentamientos entre las potencias separatistas de Abjasia y Osetia del Sur –proclives a los intereses rusos– y el gobierno georgiano –proclive a la incorporación del país a la OTAN–. Finalmente, el conflicto se saldó con la toma de control de dichos territorios por parte de las fuerzas rusas dejando clara la postura fehacientemente opuesta a la expansión atlántica por parte de Rusia (Mearsheimer, 2014, 2-3). A pesar de ello, la OTAN –utilizando a la UE como avanzadilla–, no abandona su voluntad de incorporar a Ucrania y a Georgia .

La Unión Europea, concebida a partir del Tratado de Maastricht en 1992 , fue adhiriendo a diversos países. En 2004, diez nuevos Estados miembros se unieron a la Unión incluyendo Chipre, República Checa, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, Eslovaquia y Eslovenia. En 2007, Bulgaria y Rumania se convirtieron en miembros y, en 2013, Croacia hizo lo propio como el vigésimo octavo miembro –ahora vigésimo séptimo tras la salida del Reino Unido–. Actualmente la UE ha propuesto una metodología revisada para el proceso de ampliación hacia los Balcanes Occidentales, destacando la importancia de abordar de manera prioritaria los capítulos relacionados con la reforma judicial y los derechos fundamentales. Además, se ha establecido un plan de crecimiento financiero de 6 mil millones de euros destinado específicamente a esta zona, con el propósito de ofrecer beneficios previos a la adhesión, aunque bajo condiciones rigurosas. La situación geopolítica, especialmente la guerra en Ucrania y la evolución en países como Georgia, Moldavia y Ucrania, ha reforzado el interés de la UE en la integración de los países candidatos y potenciales de los Balcanes Occidentales. A pesar de la apertura de numerosos capítulos de negociación con Montenegro y Serbia, el avance en las reformas necesarias para la integración ha experimentado un estancamiento. Por otro lado, se han iniciado negociaciones de adhesión con Albania y Macedonia del Norte, y Bosnia-Herzegovina ha obtenido el estatuto de país candidato, lo que representa un paso adelante en su camino hacia la adhesión. Mientras tanto, Kosovo ha avanzado en su solicitud de adhesión y ha mostrado progresos en la normalización de relaciones con Serbia, lo que contribuye al fortalecimiento de la estabilidad regional .

En Europa del Este, en los primeros comicios posteriores al colapso de la URSS, las fuerzas políticas liberales jugaron un rol primordial, tanto en el gobierno como en la oposición. Sin embargo, con el paso del tiempo, estas fuerzas fueron perdiendo respaldo electoral, cediendo terreno primero a partidos democristianos y luego, ante los fracasos sucesivos de socialdemócratas y post-socialistas, otorgaron el liderazgo a conservadores y ultraconservadores que abandonaron el liberalismo. El partido de Viktor Orbán , Fiedsz, establecido en 1988, ejemplifica esta transformación, pasando de sus raíces liberales y anticomunistas hacia posturas ultraderechistas y nacionalistas, adoptando una postura anti-liberal. En un lapso de 25 años, Orbán pasó de abogar por una transición democrática en Hungría alejada del comunismo, en 1989, a proclamarla como Estado iliberal en 2014. Durante este período, Orbán consolidó un régimen cuestionado por Freedom House por su falta de democracia, ejerciendo un control absoluto sobre el Estado y desafiando la UE. En el país húngaro se han erosionado las bases del Estado de Derecho con la reforma del poder judicial, la vulneración de derechos de los migrantes y la proliferación de la corrupción y el nepotismo desconcertando al conjunto de la UE dado que Hungría cumple con sus compromisos macroeconómicos y cuenta con una base social sólida (Ferrero-Turrión, 2021, 119-120).

El politólogo Tony Judt enfatizó que la separación entre Europa Occidental y Oriental no era simplemente un producto artificial de la Guerra Fría, sino que Europa Occidental había sido consolidada por lazos culturales y comerciales profundos que superaban sus divisiones internas, desde el renacimiento urbano hasta la Ilustración en el siglo XVIII (Judt, 2011, 46 y 50). Las rivalidades históricas y tradicionales entre conservadores y liberales en los Estados de Europa Central tienen un impacto significativo en su proceso de integración en la Unión Europea. Estos nuevos miembros, con trayectorias nacionales diversas, están influenciados por narrativas que se basan en interpretaciones occidentales de la Guerra Fría y los acontecimientos posteriores. Particularmente, el Grupo de Visegrado (V4), compuesto por Chequia, Hungría, Polonia y Eslovaquia, aporta una contribución significativa a la integración europea mediante un «regreso a Europa», pero también introduce un factor de división entre el Este y el Oeste al desafiar algunos de los valores fundamentales de la Unión . En especial, Hungría y Polonia intentan redefinir Europa desde una perspectiva nacionalista. La identidad geopolítica particular de Europa Central dentro de la UE pone de relieve que algunos de los supuestos inherentes al proceso de «integración europea» promovido por Bruselas puedan ser vistos como idealistas (Lagoa, 2024, 138-139).

Sumado a ello, Enrique Fojón argumenta que la incorporación de los países de Europa del Este a la Unión Europea marcó el comienzo de la decadencia europea, al acercar geográficamente la Alianza Atlántica y la UE a las fronteras rusas. Este movimiento fue percibido por Rusia como una clara aproximación de las potencias occidentales a su territorio. En respuesta, Vladimir Putin, desde 2008, tomó medidas agresivas: primero, la ocupación de Abjasia y Osetia del Sur, luego la anexión de Crimea en 2014, y posteriormente, el inicio de la guerra en Donbás, encontrando una respuesta occidental insuficiente. Siguiendo la teoría realista, Fojón destaca que en los estados europeos predomina el interés nacional, reflejado en la formulación de sus Estrategias de Seguridad Nacional (Fojón, 2023) lo que explica la tibia respuesta occidental ante agresiones que no afectaban directamente a sus territorios. En esta explicación encontramos también la voluntad por parte de los países del Este europeo de confrontar y tomar medidas más determinantes ante la agresión rusa de Ucrania.

La divergencia entre los Estados Miembros occidentales y orientales puede explicarse a través del fenómeno de la «imitación invertida». Este proceso describe cómo ciertas sociedades –las de Europa Oriental en este caso– comienzan a reivindicar su europeidad frente a las tendencias «descontroladas» de Europa Occidental, centrándose en ideales nacionales y europeos como lo hacían los padres fundadores de la UE aludiendo a una Europa cristiana. Estos países promueven una construcción europea que refleja sus expectativas originales, derivando en un conservadurismo extremo. Durante el período socialista, se obstaculizó la preservación de tradiciones familiares, culturales y religiosas. En la etapa europea, estas tradiciones son reivindicadas con fervor. Las sociedades de la región demandan un retorno a los valores predominantes en la década de 1930, oponiéndose vehementemente a cualquier alteración de este orden, el cual consideran un anatema para la nación (Ferrero-Turrión, 2021, 118).

Asimismo, el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington, en su obra El choque de civilizaciones, asegura que la división es puramente civilizacional y se originó con la división del Imperio Romano en el siglo IV y la formación del Sacro Imperio Romano en el siglo X, manteniéndose por, aproximadamente, cinco siglos. Esta división comprende las fronteras actuales entre Finlandia y Rusia, y entre los Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y Rusia. Luego, divide a Bielorrusia y a Ucrania separando el oeste uniata del este ortodoxo, pasa por Rumanía fraccionando Transilvania, con su población católica húngara del resto del país y atraviesa la antigua Yugoslavia siguiendo la frontera que separa a Eslovenia y Croacia de las demás repúblicas. En la región balcánica, la demarcación histórica corresponde a la separación entre los imperios austrohúngaro y otomano constituyendo así la frontera cultural de Europa y, tras la Guerra Fría, la división política y económica de Europa y Occidente (Huntington, 1997, 151-153).

Además de lo geográfico, Huntington alude a la religión como algo sociológicamente característico, de hecho asegura que la civilización occidental ha heredado numerosos elementos de la civilización clásica, especialmente la filosofía y el racionalismo griegos, el derecho romano, el latín y el cristianismo. Aunque las civilizaciones islámica y ortodoxa también recibieron esta herencia, no lo hicieron en la misma medida que Occidente. También alude a la separación entre la autoridad espiritual y la temporal, donde en la civilización ortodoxa «Dios es el socio menor del César». La disociación y los frecuentes enfrentamientos entre la Iglesia y el Estado, características distintivas de la civilización occidental, no han sido observados en ninguna otra civilización. Esta fragmentación de la autoridad desempeñó un papel determinante en el fomento de la libertad en Occidente (Huntington, 1997, 63-64).

Podemos observar cómo, a raíz del análisis de las teorías de diferentes autores, la Unión Europea está dividida en, al menos, dos grandes bloques influenciados por su historia, cultura, religión o civilización. Dadas las circunstancias, resulta de imperativa necesidad asumir y aceptar dicha realidad tratando de solventar las posibles diferencias que puedan surgir entre ambos bloques. Asimismo, encontramos otros tipos de dificultades al tratar de concebir una UE unida, aunque sea meramente occidental. Desde sus inicios, la UE ha enfrentado debates sobre el grado de integración política y económica deseado. Algunos países, como Francia y Alemania, han sido promotores de una integración más profunda, mientras que otros, como el Reino Unido, han preferido una relación más intergubernamental y menos centralizada (Moravcsik, 1998, 22-45). En cuanto a las económicas, países del norte como Alemania y los Países Bajos a menudo han defendido políticas fiscales estrictas y austeridad, mientras que los países del sur, como Grecia e Italia, han abogado por una mayor flexibilidad fiscal y apoyo financiero, especialmente durante la crisis del euro (Baldwin & Wyplosz, 2022, 155-178). A su razón, observamos como las discrepancias internas, occidentales y orientales, norte y sur e incluso entre los que abogan por la centralización y los que prefieren un enfoque más intergubernamental, han definido la dinámica de la integración europea.

Perspectivas de Análisis

Riesgos

Así las cosas, los riesgos en este escenario son múltiples. En primer lugar, existe la posibilidad de influencia por parte de potencias revisionistas, avaladas por la legitimidad de –en el caso de China– su política de no injerencia en las políticas internas de terceros países. Esta postura resulta especialmente atractiva para gobiernos caracterizados por la corrupción y la falta de valores democráticos, donde prevalece el interés personal y el deseo de acaparar más poder. Además, China cuenta con una ventaja significativa al disponer de una gran cantidad de empresas inversoras, respaldadas por el Gobierno, que forman parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta y pueden invertir grandes cantidades de dinero en países considerados estratégicos para sus intereses, lo que hace que estos vean positivamente su influencia en el territorio. Esta estrategia de inversión permite a China no solo asegurar su presencia económica, sino también ganar influencia política (Ortiz, 2022, 774), creando dependencias que pueden ser utilizadas para promover sus propios intereses geopolíticos en detrimento de las democracias occidentales.

Por otro lado, los sistemas democráticos enfrentan una desventaja inherente debido a sus sistemas electorales, que pueden obstaculizar la visión estratégica a largo plazo. Los cambios de gobierno cada cuatro años contrastan con las autocracias, que pueden planear sus estrategias a largo plazo, lo que las deja mejor preparadas para implementar políticas sostenidas y coherentes . Esta capacidad de planificación prolongada permite a los sistemas autocráticos, como China, consolidar su influencia de manera más efectiva en regiones estratégicas como los Balcanes, aumentando así los desafíos para las potencias democráticas en su intento por mantener su influencia y promover sus valores.

De igual manera, Moscú ha sabido capitalizar los lazos religiosos, históricos y culturales que tiene en la zona, en especial con Serbia y Montenegro. Además de haber aprovechado la dependencia energética de la región, lo ha hecho igualmente con la cuestión serbokosovar. Este aspecto resulta insoslayable a la hora de influir en Serbia, ya que, hasta que Belgrado no encuentre una solución aceptable a nivel nacional para Kosovo, requerirá del respaldo diplomático ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU para impedir su reconocimiento como nación independiente. Es destacable igualmente, para tener una imagen mental tener en cuenta que Belgrado cuenta con la agencia rusa de noticias más prominente –Sputnik– la cual transmite en una lengua entendida en todos los países de la antigua Yugoslavia, el serbio (Milosevich-Juaristi, 2021, 5). La dependencia energética también ha aumentado en países como Serbia y Bosnia-Herzegovina, dado que estos se abastecerán a través del gasoducto Turk Stream (Reuters, 2021b). Además, se ha percibido esta dependencia del país ruso a la hora de abastecer con la vacuna contra el COVID-19, Sputnik V, a Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzegovina y Albania (Reuters, 2021).

Oportunidades

La integración de los países de Europa del Este en la Unión Europea conlleva una serie de oportunidades estratégicas que pueden impulsar el desarrollo económico, la estabilidad política y la influencia global del bloque. Estas oportunidades, fundamentadas en aspectos como la expansión del mercado común, la promoción de la seguridad regional y la diversificación energética, representan pilares clave para el progreso conjunto de la UE. Por ejemplo, la ampliación del mercado común ofrece nuevas posibilidades comerciales e inversiones para las empresas europeas, fomentando el crecimiento económico mediante un acceso a un mercado más amplio y diversificado . Además, la convergencia de normas y valores europeos puede contribuir a reducir la probabilidad de conflictos internos, pero también es verdad que no reduce la posibilidad de conflictos externos con potencias no democráticas, véase como la expansión hacia el Este ha sido percibida como amenazante por Rusia.

El progreso hacia un modelo energético más sostenible, junto con los cambios en la seguridad energética, posicionará a la UE con una genuina autonomía estratégica para perseguir sus intereses globales. Reducir las dependencias externas y avanzar hacia el autoconsumo disminuirá la vulnerabilidad ante la presión de rivales geoestratégicos que puedan usar la importación de energía como instrumento de coerción. Este impulso podría equilibrar la balanza con rivales sistémicos y posicionar a la UE como un actor global influyente en un contexto geopolítico competitivo (Gutiérrez Roa, 2024, 141-142).

Asimismo, la transferencia de tecnología e innovación en la región no debe pasarse por alto. En el sector de la defensa, la creciente complejidad, costo y dificultad de producción de los productos militares subraya el beneficio sustancial derivado de la ampliación de la Unión Europea. La colaboración entre los Estados Miembros en el marco de las Cooperaciones Estructuradas Permanentes (PESCO) ofrece una alternativa estratégica frente a la disposición de fuerzas armadas nacionales con menor capacidad, que a menudo presentan limitaciones significativas en términos de interoperabilidad con las fuerzas de sus aliados (Baqués, 2023, 165-166).

Conclusiones

Durante el presente escrito se han abordado las implicaciones multifacéticas de la expansión oriental de la Unión Europea, centrándose en la posible integración de países del Este europeo. Hemos explorado la trayectoria histórica y las opiniones de expertos para comprender las consecuencias políticas, económicas, sociológicas y estratégicas de esta ampliación. Se ha destacado cómo la expansión de la UE hacia el este es percibida por Rusia como una amenaza, influenciando la dinámica geopolítica y generando tensiones en el seno interno de la UE. Además, se ha evidenciado como la evolución política de los países de Europa del Este, así como las divergencias internas en la UE podrían afectar la cohesión y la estabilidad del bloque.

Desde una perspectiva económica, la ampliación del mercado común promete un crecimiento mediante nuevas posibilidades comerciales e inversiones. En el ámbito de la defensa, la colaboración en el marco de las PESCO podría mejorar la capacidad militar de la UE frente a amenazas externas.

Sin embargo, la integración de Ucrania también conlleva riesgos, como la posibilidad de aumentar las tensiones con Rusia –en el caso de haber finalizado el conflicto bélico; en caso contrario, la UE se adentraría de lleno en uno produciéndose una escalada de gravedad prominente– y la necesidad de gestionar las diferencias internas dentro de la UE. La expansión hacia el este podría reforzar la influencia global de la UE, pero también plantea desafíos en términos de cohesión interna y la capacidad de la Unión para mantener su identidad y misión en un contexto geopolítico cambiante. En última instancia, la integración de Ucrania o Georgia en la UE debe abordarse con una estrategia equilibrada que maximice las oportunidades económicas y de seguridad mientras se minimizan los riesgos asociados a las tensiones geopolíticas y las diferencias internas.

No responses yet

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *